jueves, 12 de agosto de 2010

por una noche se olvido que cada uno es cada cual

La tristeza consumió todo su ser. Decidida a llorar, aunque le parecía estúpido, sobretodo si era por amor, agarro dinero, las llaves del auto y salio a comprar chocolate marroc, su adicción. 
Compro cinco cajas enteras, dos paquetes de pañuelos descartables, con algunas gaseosas y porquerías. Se tiro en la cama, y empezó a comer, a ver películas y llorar. 
Llorar y llorar y llorar. En ese momento no le parecía estúpido. Amaneció con moco, los ojos chinos y rojos, transpirada y con lagrimas secas en las mejillas. 
No se movió hasta el atardecer, se quedo pensando. Se sentía como la loca de los gatos, sin gatos. 
Tomo un café, agarro lápiz y papel. Se descargo a más no poder. Termino exhausta. 
El espejo reflejaba su imagen, el solo hablaba, ella no. Empezaron a salir palabras de su boca. Fueron tantas que inundaron la habitación. Termino ahogada entre ellas. 
Cuando encontraron su cadáver, todavía quedaba una en su boca, que, junto con el olor a menta, salio disparada. 

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No se puede leer de verdad un libro sin estar solo. Pero precisamente por esa soledad uno se relaciona de la manera más intima con personas con las que quizá uno no se hubiera encontrado jamás, bien porque están muertas desde hacer siglos o porque hablan idiomas que no entiendes. Y sin embargo se han convertido en tus más íntimos amigos, en tus más sabios consejeros, en los magos que te hipnotizan, las amantes con las que siempre has soñado.
Antonio Muñoz Molina, "El poder de la pluma"